Novela
Zapatos italianos
HENNING MANKELL
(Tusquets - Buenos Aires)

Henning Mankell cobró notoriedad por sus novelas policiales en general y por el inspector Kurt Wallander en particular. De esa saga, por ejemplo, emanan títulos como Asesinos sin rostro (1991), El hombre sonriente (1993), La quinta mujer (1996), Cortafuegos (1998) y Antes que hiele (2002). Pero sería injusto pagarle a Mankell con la antipática moneda del encasillamiento. Además de ser un destacado cultor de la novela negra, este originario de Estocolmo y residente en Mozambique es uno de los principales dramaturgos suecos; y alguien, en definitiva, muy capaz de entretejer historias de formato diverso y logros evidentes. En El ojo del leopardo, por caso, ausculta la compleja relación entre negros y blancos en una Zambia que un joven sueco encuentra tan misteriosa y cautivante como inasible.
En el texto que nos ocupa, Zapatos italianos, en cambio, Mankell se despacha con un relato que se desliza airosamente por la delgada frontera que separa la deliciosa  sutileza del pretencioso sopor. Sale fácil y grato resonar con las derivas de Fredik Wellin, médico retirado, estudioso de la evolución de las aves marinas, recluido en una costera isla sueca. Sale fácil y grato resonar con el postrer anhelo de Harriet, que gravemente enferma un buen día se le presenta a Fredik y le pide que cumpla con una promesa que le había formulado años atrás, cuando cultivaban un sereno y radiante noviazgo que él interrumpió de modo repentino.
Las crudezas glaciares no obstan para que Fredik se sienta compelido a saldar su deuda con Harriet, llevarla a una laguna al norte del país. La travesía se pone en marcha y el crescendo intimista dispensa la revelación de un secreto crucial: la existencia de Louise, una hija de la que el médico jamás había sabido. Desde entonces nada es más urgente para Fredik que llegar al fondo de su fondo: examinar cada paso en falso de su pasado más remoto, más oculto y más doloroso; resignificar sus experiencias con una sinceridad que creía ajena y pasarlas por el tamiz de este otoñal hombre urgido de respuestas y de sosiego.
Fredik y Harriet creen fervientemente que nunca es demasiado tarde para llamar las cosas por su nombre y hacerse cargo hasta las últimas consecuencias. He allí una vigorosa apuesta existencial cifrada en un tono lejano al melodrama pero no por ello exento de vibración emocional.
Sin golpes bajos ni efectismos, acorde con la sobriedad y el buen gusto que prescriben la geografía, el sustrato de los personajes y la historia misma, Mankell nos conduce por la alfombra mágica de dos vidas que aspiran a refundar su ética.
© LA GACETA

Walter Vargas